| Silvia
sonrió. Por la ventanilla del autobús se adivinaba
la estilizada silueta del puente. Siempre le había impresionado.
Verlo emerger, iluminando con su presencia la sedosa superficie
del
Guadalquivir, le transportaba a otras épocas. A otros veranos.
A otras personas... Adoraba la ciudad. Le parecía increíble
haber podido vivir tantos años de su vida de espaldas al
sur.
Fue en el 2.000 (una señal quizás) cuando la conoció.
Estaba en un rincón de la biblioteca. Concentrada en un montón
de vetustos volúmenes que destacaban entre los demás
del estante.
- ¡Hola!, tú vas a mi clase, ¿no?.- le preguntó
intentando hacerse la simpática - Me llamo Silvia.
El inesperado saludo la sobresaltó.
- ¡Hola!, creo que sí. La verdad es que no me fijo
mucho en la gente. Y, como me suelo sentar en primera fila... Me
llamo Rocío.
- Yo sí me fijo mucho en ti. Me suelo sentar un poco más
atrás y me atraen tus camisetas.
A Rocío nunca le había gustado vestir de forma convencional.
Le encantaba ser diferente de los demás. Y le encantaba la
ropa. Siempre que veía algo original y divertido (y no demasiado
caro) se lo compraba. Adoraba los mercadillos y las tiendas de ropa
de segunda mano. Y le gustó que Silvia se hubiese fijado
en su indumentaria. Y que le gustase. Y que se lo hubiese dicho.
- ¿Tú vives en Madrid?.
- No, ¡que va!. Sólo he venido para el curso. Soy de
Huelva, pero hace cuatro años que estoy viviendo en Málaga.
Trabajo allí. - Rocío, en realidad, vivía en
Estepona. Pero pensó que quizás una madrileña
(como intuía que era Silvia por su forma de expresarse) no
sabría muy bien situar dicha ciudad.
- Yo soy de aquí. Y, por cierto, no conozco nada del sur.
Bueno, en realidad, aparte de Valencia, que es donde suelo veranear,
y Madrid y alrededores, no conozco mucho más.
- Pués no sabes lo que te pierdes. A mi me encanta viajar
y conocer nuevos lugares, nuevas personas. En el mundo hay lugares
maravillosos. Y, sin salir de España... Es alucinante la
cantidad de sitios chulos que hay.
- Háblame del sur. Me gustaría mucho conocerlo.
- Bueno. Imagínate. Si me encantan los sitios guapos, que
te voy a decir del sur. No es porque sea mi tierra, pero allí
todo es mágico. La luz es especial. Envuelve todo con un
halo que te hace
soñar. El aire se siente. Te ilumina con un aura irreal que
hace que todo se perciba de una manera diferente. Es otro mundo.
Es otro concepto del tiempo. Del espacio. De la vida.
- ¡Je, je!, el calor también tiene que ser "otro
concepto de la vida", ¿no?. - no pretendía burlarse,
pero siempre le había resultado un poco empalagoso cualquier
tipo de "chauvinismo" (incluso el de esta chica que cada
vez le caía mejor).
- Pués sí . - Rocío recogió el guante
que le había tendido su incipiente amiga - Cuando viene la
caló de verdad, hay que montarse la vida de otra forma. Es
todo un arte. ¿Has leído el libro "El Amor en
los tiempos del Cólera" de García Márquez?.
¿Cómo la chica se encarga de "sombrear"
la casa en las horas de más sol y de airearla cuando ya no
le pega tan fuerte?. Pués algo asi, pero para todo. Hay que
saber jugar con las cartas que se tienen.
- Además en Andalucía no es como aquí, que
no hay playa. Allí teneís muy cerca el mar. - dijo
echándole un cable, aunque estaba claro que ella no lo necesitaba.
- Es la comunidad de España con más kilómetros
de costa. Y cada zona es diferente. Bueno, es más, como la
bañan dos mares distintos, las temperaturas del agua son
muy diferentes de una zona a otra. El agua de Huelva es mucho más
fría que las demás. Y, si te vas al Algarve en Portugal,
no te digo ná.
- A mi no me gusta el agua fría.
- Pués a mi me encanta. Además, en mi tierra la arena
es más fina. Yo, cuando estoy allí, suelo ir a una
playa que es alucinante.
Es enorme. Y está protegida por unos acantilados que son
de arena fosilizada.
- ¡Anda ya!.
- Que sí, tía. Que es una zona a la que no se puede
llegar con el coche porque es preparque de Doñana. Hay que
dejar el coche en un parking al lado de la carretera y, luego, caminar
un kilómetro por un camino de tablas hasta el borde de los
acantilados.
- ¡Que pasada!.
- La verdad es que el camino es una maravilla. Está rodeado
de dunas, de pinos ... Es muy bonito. Vale la pena el recorrerlo.
- Y, la bajada por el acantilado, ¿qué tal?.
- Hace no muchos años construyeron unas escaleras de madera
y se baja sin ningún problema. La verdad es que todo tiene
su parte buena y su parte mala. Antes la playa era menos conocida,
pero tenía menos servicios. Y, ahora... ¡Fíjate
que ya han puesto hasta chiringuito!. Pero, vamos, sigue estando
muy bien. A mi me encanta ir allí a hacer nudismo.
- ¿Tú haces nudismo?. Y, ¿no te da corte?.
Yo lo único que he hecho alguna vez es ponerme en top-less,
y eso si hay muchas alrededor que también lo hacen.
- ¡Tú que te crees!. ¡Yo también soy tela
de tímida!. Pero no es eso. Es otra forma de ver las cosas.
Es el querer sentirte en armonía con la naturaleza. Con los
demás. Sentir en la piel el sol,
el agua, la arena. Aceptarte a ti misma como eres. Aprender a estar
a gusto con tu cuerpo. Aceptar a los demás sin el disfraz
de la ropa.
Es... una filosofía de vida que te enseña a ser más
receptivo con tu entorno. Además, lo importante es sentirte
cómoda. Si te da vergüenza estar rodeada de gente, siempre
puedes ponerte en un sitio más alejado. Pero, si lo piensas
bien, no tiene mucho sentido que hagas eso. Que te aísles
de la gente. Porque si no eres capaz de sentirte a gusto cerca de
quienes piensan como tú, menos aún lo estarás
con quienes no compartan tu forma de ver la vida
- Sí, eso es cierto; pero lo que estamos hablando de compartir
es ¡el estar desnudos!. ¡Eso es algo muy íntimo!.
- Más íntimo es el compartir ideas, sentimientos,...
Un cuerpo desnudo se puede ver desde muchos puntos de vista. Todo
depende del contexto y de los "ojos" del que lo mira.
Lógicamente no te vas a poner a caminar desnuda por la Gran
Vía. No porque hagas algo malo, sino porque hay muchas personas
que podrían sentirse ofendidas y, la verdad, tampoco viene
a cuento molestar por molestar. Si uno quiere que le respeten, debe
empezar por respetar a los demás. Otra cosa es ponerte a
tomar el sol desnuda en una playa.
- ¡Ya!, pero hay playas que no son nudistas y la gente también
se podría molestar.
- Ahí es donde entra el respeto y el sentido común.-
Rocío sabía que este punto era el más debatido
incluso entre los propios nudistas - En Alemania la gente se pone
desnuda en medio de las ciudades, en los parques, a tomar el sol.
Y nadie dice nada. Pero aquí... En el fondo es un problema
de educación. Hay que pensar que en este tema, como en el
de la ecología y el medio ambiente, vamos con un poco de
retraso respecto a otros países, pero... ¡hay que ir
avanzando poco a poco!. Consiguiendo pequeñas conquistas
cada día (bueno, ¡je!, ¡je!, lo de cada día
es un decir, pero tú ya me entiendes).
- Sí, en el fondo es una conquista que ha de ir haciéndose
como las de eliminar discriminaciones por razón de raza,
de orientación sexual, y todo esto, ¿no?.
- ¡Claro!, en realidad es lo mismo. Es el avanzar juntos en
el respeto de la libertad de los demás a ser diferentes y
pensar distinto que nosotros.
- ¡Je!, ¡je!, me has convencido. ¿Cuándo
me invitas a tu tierra para aportar mi granito de arena por los
derechos humanos?, ¡je!, ¡je!.
- ¡Vaya morro que tienes!. No, ¡que va!, es broma. Precisamente
este puente había quedado con unos amigos para ir a una urbanización
naturista que hay cerca de Málaga.
- ¿Qué?. ¡Estás loca!. ¡Una urbanización!.
Y... ¡con más gente!.
- No querías "contribuir". Pués "toma
contribución", ¡je!, ¡je!.
A Silvia nunca le habían asustado los retos. Todo lo contrario:
le motivaban. Era una exploradora. Y le encantaba ponerse a prueba
a sí misma. Sus padres eran de un pequeño pueblo de
montaña. Y, ella era la única de sus amigas de la
infancia que había estudiado una carrera. (Y, no la más
sencilla, era ingeniera de telecomunicaciones). Su familia estaba
orgullosa de ella. Y, no sólo por sus estudios. Era una persona
que siempre intentaba ayudar a los demás. Hacer más
fácil la vida a aquellos que tenía al lado. Pensaba
que la felicidad se trabajaba día a día. Y que, para
"recogerla", había que "sembrarla"...
en los otros. Era menuda pero muy bien proporcionada. Pelo muy corto.
Sus cabellos negros resaltaban los finos rasgos de su rostro sin
endurecerlos. Y unos brillantes ojos verde esmeralda acababan de
conferirle un irresistible y ambiguo atractivo.
Rocío era muy diferente. También era morena, pero
no sólo en su cabello. Su piel atesoraba todo el oscuro misterio
de lo prohibido.
Mirarla y desear acariciarla era todo uno. Poseía la magia
de los alazanes bajo la luna llena. No era mucho más alta
que Silvia, pero sus formas eran más rotundas. Pelo largo
y ojos caoba completaban su turbador aspecto.
El fin de semana del puente fue maravilloso. No recordaba haberlo
pasado tan bien desde hacía mucho tiempo. Irene, Víctor
y Álvaro, los amigos de Rocío, eran encantadores.
Habían quedado en Málaga, ciudad que le sorprendió.
La amabilidad de sus gentes. Su sencillez. Nada parecido a lo que
había imaginado con respecto a las ciudades del sur. Comieron
muy bien. Aprovecharon para visitar el Museo Picasso y, ya por la
tarde, se dirigieron a la cercana población donde se hallaba
la urbanización naturista. ¡Qué maravilla!.
Pasados los primeros quince minutos de "corte" de rigor...
¡era el paraíso!.
Piscina, playa, sauna, jacuzzi, masajes... Todo un escenario preparado
para la relajación y la camaradería. Sí, porque
Silvia descubrió que, una vez que las personas se muestran
unas a otras sin ropa, es como si se quitaran parte de su armadura.
Ese punto de vulnerabilidad que se adquiere te hace ser más
receptivo con respecto a los demás. Parece como si la ropa
ejerciese de trinchera tras la cual parapetásemos parte de
nuestra sensibilidad. O, al menos, eso es lo que ella percibió.
Se sentía mucho más cercana a los demás.
Víctor era vasco, de Hondarribia, pero llevaba diez años
viviendo en Sanlúcar de Barrameda. Era pequeño, moreno
y musculoso. Se había iniciado en el nudismo hace ya varios
años, gracias a un grupo de amigos que lo practicaban frecuentemente.
El era vegetariano y ecologista. Intentaba llevar una vida que le
acercase lo más posible a la naturaleza. A la esencia del
ser humano. Y, cuando surgió la posibilidad de acudir a una
playa nudista, no se lo pensó dos veces.
Ni el ir, ni el quitarse el bañador. En realidad todo formaba
parte de lo mismo. De su forma de ver la vida.
Álvaro era sanluqueño. Para él, el nudismo
nunca había tenido la menor importancia. No había
supuesto ninguna decisión consciente el hecho de practicarlo:
lo había hecho siempre. Desde que era pequeño siempre
se había bañado desnudo con sus amigos en el río.
Cuando hacía calor y acababan de ayudar a sus familias en
las faenas del campo, toda la pandilla se reunía y se daban
un chapuzón. Los complejos los perdió muy pronto.
Él era rubio y de piel muy clara. Y, todos sus amigos, eran
de un moreno insultántemente puro. Siempre se metían
con él (¡quillo!, ¡pareces una niña de
tan blanquito que eres!). Eso forjó su carácter. Le
hizo ser fuerte. Aprendió a ser diferente y "llevarlo"
con orgullo. Por eso no le ocasionó ningún trauma
el hecho de decirle a su familia que era gay. Ni tampoco el enamorarse
de Víctor. Ni el irse a vivir con él.
Víctor y Álvaro acostumbraban a veranear en Cataluña.
Les gustaba mucho esa parte de España. A veces iban a la
Costa Dorada y, otras, a Gerona. Toda esa zona siempre ha sido pionera
en el tema del naturismo. Frecuentaban algunos campings. Y, sobre
todo, les encantaba ir a las calitas poco frecuentadas por el turismo
de masas.
A las playas semidesérticas. A ambos les encantaban los parajes
naturales con un encanto especial. Adoraban el delta del Ebro. Sus
humedales. Sus arrozales. Recorrer la desembocadura del río...
Pasaban horas observando las aves. Y, cuando tenían la suerte
de presenciar la llegada de alguna bandada de flamencos rosas, sus
ojos se humedecían de la emoción. Era un espectáculo
único. La laguna se teñía de rosa y blanco
en un indescriptible amalgama de tonos pastel que haría palidecer
de envidia al mejor Monet. Por desgracia cada vez era más
infrecuente dicho espectáculo. Actitudes especulativas estaban
mermando, a pasos agigantados, la antaño inabarcable riqueza
de aquel idílico entorno. Los practicantes del nudismo tampoco
eran inmunes a dicho "avance turístico". La antaño
playa virgen del Trabucador era un fiel reflejo de ello. Una de
las dos únicas "lenguas de tierra", de sus características,
de todo el planeta. Un ecosistema inimaginable para todo aquel que
no lo haya visitado. El mar abierto a un lado. La ensenada al otro.
Aguas salvajes. Aguas dóciles. Coquinas. Cangrejos. Salinas
en el extremo.
Impresionistas puestas de sol en la laguna. Y, al regreso, el Poble
Nou. Parada gastronómica inexcusable. Los naturistas también
saben comer bien. Pero, cada vez acuden menos. Cada vez son peor
aceptados por los habitantes de la zona. Cada vez acuden más
"textiles" a la playa. Cada vez son más intolerantes
con los tolerantes. Cada vez...
Irene era de Málaga. Pero, a ella le gustaba decir que era
ciudadana del mundo. Le encantaba viajar. Era una mujer con un atractivo
especial. Su larga melena rubia y sus profundos ojos azules le hacían
imposible pasar inadvertida. Su cuerpo fibroso, su piel bronceada
y sus movimientos felinos, hacían presagiar a una persona
a la que le gustaba cuidar su cuerpo. Y... su mente. Siempre estaba
abierta a nuevas ideas. A ampliar sus conocimientos. A conocer a
gente interesante que le pudiese aportar novedosos puntos de vista.
Nuevas culturas. Otros países. Otras formas de ver el mundo.
No había tomado el sol desnuda hasta el verano pasado. Fué
en México. En una idílica playa agazapada a la sombra
de Tulúm ( "fortaleza" en maya). La única
ciudad de sus características construida a la orilla del
mar. Una playa salvaje, soberbia y azotada por los vientos. Salpicada
por diminutas cabañas que exudaban amor en su más
primitivo estado. El tiempo se detenía. La civilización
también. O, al menos, eso pensó en aquellos imborrables
instantes en los que su alma se fundió con el universo. En
los que sus atávicos instintos pugnaban por salir de su habitual
letargo. Porque, meses después de su regreso, descubrió
que el "progreso" no se detiene. Que el monstruo de los
paraísos prefabricados estaba empezando a extender sus gelatinosos
tentáculos sobre aquella idílica y remota parte del
mundo. Estaban creando un nuevo "paradisiaco" destino
de "luna de miel" con la que hacer palidecer de envidia
a las amigas en la peluquería del barrio. Había surgido
"La Riviera Maya".
Silvia, Rocío, Víctor, Álvaro e Irene se hicieron
inseparables. A pesar de vivir en ciudades diferentes se sentían
muy cercanos los unos de los otros. Intentaban mantener el contacto
de todas las formas posibles. Y, por supuesto, siempre que tenían
dos o tres días libres hacían lo indecible para compartirlos.
Y, para compartir su afición al naturismo. La cual, como
no podía ser de otro modo, iban proclamando siempre que la
ocasión lo permitía. Intentando extender los valores
del naturismo a todas las personas que sentían cercanas a
ellos y a su natural forma de ver la vida y las relaciones entre
los seres humanos y su entorno.
Silvia no lo dudó. Cuando le surgió la oportunidad
de incorporarse a la delegación que su empresa acababa de
inaugurar en Sevilla, aceptó de inmediato. Le parecía
un sueño del que, cinco años después, todavía
no ha despertado. Han pasado muchas cosas desde entonces.
Ascendió a directora regional. Se enamoró. Tuvo un
hijo. Pero aquel verano del 2.000 nunca lo olvidó. Aquellas
personas. Aquellos lugares. Y, sobre todo, aquel despertar a una
nueva manera entender la vida. De sentir la realidad. De vivir.
En definitiva, de ser naturista.
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