1er CONCURSO DE RELATOS CORTOS ANNA: DICTAMEN DEL JURADO

1er. Premio: Relato "corto maltes" por José Luis Ibáñez Pérez. Donado el premio por viajes Geisha y Grupo Municipal del Partido andalucista del ayuntamiento de Sevilla.

2°. Premio: Relato "Essie" Realizado por Ester García Corredera. Donado el premio por Viajes Geisha y Grupo Municipal del Partido Andalucista del ayto de Sevilla

3° Premio : Relato "Amigos Nudistas" Realizado por Juan José García Clemente. Premio de Viajes Geisha y Grupo Municipal del P. ANDALUCISTA ayto. Sevilla

Premio Especial ANNA: Relato "Carpe Diem" por Alfredo Macias Macias. Premio por Papelería-Librería Elvima Sur y Grupo Municipal del Partido Andalucista.

Accésit con trofeo: Relato "Cecilia Y el Mar " por Jaime Manuel Quintero Balbuena. Premio de ANNA y Grupo Municipal del Partido Andalucista.

Entrega de premios 23 de abril a las 7,30 horas en el centro cívico de San Julián en
la capital andaluza (Sevilla).

Reproducimos aquí el PRIMER PREMIO:
"CORTO MALTES"


INFORMACIÓN: annaandalucia@yahoo.es
627 80 20 08

Silvia sonrió. Por la ventanilla del autobús se adivinaba la estilizada silueta del puente. Siempre le había impresionado. Verlo emerger, iluminando con su presencia la sedosa superficie del
Guadalquivir, le transportaba a otras épocas. A otros veranos. A otras personas... Adoraba la ciudad. Le parecía increíble haber podido vivir tantos años de su vida de espaldas al sur.
Fue en el 2.000 (una señal quizás) cuando la conoció. Estaba en un rincón de la biblioteca. Concentrada en un montón de vetustos volúmenes que destacaban entre los demás del estante.
- ¡Hola!, tú vas a mi clase, ¿no?.- le preguntó intentando hacerse la simpática - Me llamo Silvia.
El inesperado saludo la sobresaltó.
- ¡Hola!, creo que sí. La verdad es que no me fijo mucho en la gente. Y, como me suelo sentar en primera fila... Me llamo Rocío.
- Yo sí me fijo mucho en ti. Me suelo sentar un poco más atrás y me atraen tus camisetas.
A Rocío nunca le había gustado vestir de forma convencional. Le encantaba ser diferente de los demás. Y le encantaba la ropa. Siempre que veía algo original y divertido (y no demasiado caro) se lo compraba. Adoraba los mercadillos y las tiendas de ropa de segunda mano. Y le gustó que Silvia se hubiese fijado en su indumentaria. Y que le gustase. Y que se lo hubiese dicho.
- ¿Tú vives en Madrid?.
- No, ¡que va!. Sólo he venido para el curso. Soy de Huelva, pero hace cuatro años que estoy viviendo en Málaga. Trabajo allí. - Rocío, en realidad, vivía en Estepona. Pero pensó que quizás una madrileña (como intuía que era Silvia por su forma de expresarse) no sabría muy bien situar dicha ciudad.
- Yo soy de aquí. Y, por cierto, no conozco nada del sur.
Bueno, en realidad, aparte de Valencia, que es donde suelo veranear, y Madrid y alrededores, no conozco mucho más.
- Pués no sabes lo que te pierdes. A mi me encanta viajar y conocer nuevos lugares, nuevas personas. En el mundo hay lugares maravillosos. Y, sin salir de España... Es alucinante la cantidad de sitios chulos que hay.
- Háblame del sur. Me gustaría mucho conocerlo.
- Bueno. Imagínate. Si me encantan los sitios guapos, que te voy a decir del sur. No es porque sea mi tierra, pero allí todo es mágico. La luz es especial. Envuelve todo con un halo que te hace
soñar. El aire se siente. Te ilumina con un aura irreal que hace que todo se perciba de una manera diferente. Es otro mundo. Es otro concepto del tiempo. Del espacio. De la vida.
- ¡Je, je!, el calor también tiene que ser "otro concepto de la vida", ¿no?. - no pretendía burlarse, pero siempre le había resultado un poco empalagoso cualquier tipo de "chauvinismo" (incluso el de esta chica que cada vez le caía mejor).
- Pués sí . - Rocío recogió el guante que le había tendido su incipiente amiga - Cuando viene la caló de verdad, hay que montarse la vida de otra forma. Es todo un arte. ¿Has leído el libro "El Amor en los tiempos del Cólera" de García Márquez?. ¿Cómo la chica se encarga de "sombrear" la casa en las horas de más sol y de airearla cuando ya no le pega tan fuerte?. Pués algo asi, pero para todo. Hay que saber jugar con las cartas que se tienen.
- Además en Andalucía no es como aquí, que no hay playa. Allí teneís muy cerca el mar. - dijo echándole un cable, aunque estaba claro que ella no lo necesitaba.
- Es la comunidad de España con más kilómetros de costa. Y cada zona es diferente. Bueno, es más, como la bañan dos mares distintos, las temperaturas del agua son muy diferentes de una zona a otra. El agua de Huelva es mucho más fría que las demás. Y, si te vas al Algarve en Portugal, no te digo ná.
- A mi no me gusta el agua fría.
- Pués a mi me encanta. Además, en mi tierra la arena es más fina. Yo, cuando estoy allí, suelo ir a una playa que es alucinante.
Es enorme. Y está protegida por unos acantilados que son de arena fosilizada.
- ¡Anda ya!.
- Que sí, tía. Que es una zona a la que no se puede llegar con el coche porque es preparque de Doñana. Hay que dejar el coche en un parking al lado de la carretera y, luego, caminar un kilómetro por un camino de tablas hasta el borde de los acantilados.
- ¡Que pasada!.
- La verdad es que el camino es una maravilla. Está rodeado de dunas, de pinos ... Es muy bonito. Vale la pena el recorrerlo.
- Y, la bajada por el acantilado, ¿qué tal?.
- Hace no muchos años construyeron unas escaleras de madera y se baja sin ningún problema. La verdad es que todo tiene su parte buena y su parte mala. Antes la playa era menos conocida, pero tenía menos servicios. Y, ahora... ¡Fíjate que ya han puesto hasta chiringuito!. Pero, vamos, sigue estando muy bien. A mi me encanta ir allí a hacer nudismo.
- ¿Tú haces nudismo?. Y, ¿no te da corte?. Yo lo único que he hecho alguna vez es ponerme en top-less, y eso si hay muchas alrededor que también lo hacen.
- ¡Tú que te crees!. ¡Yo también soy tela de tímida!. Pero no es eso. Es otra forma de ver las cosas. Es el querer sentirte en armonía con la naturaleza. Con los demás. Sentir en la piel el sol,
el agua, la arena. Aceptarte a ti misma como eres. Aprender a estar a gusto con tu cuerpo. Aceptar a los demás sin el disfraz de la ropa.
Es... una filosofía de vida que te enseña a ser más receptivo con tu entorno. Además, lo importante es sentirte cómoda. Si te da vergüenza estar rodeada de gente, siempre puedes ponerte en un sitio más alejado. Pero, si lo piensas bien, no tiene mucho sentido que hagas eso. Que te aísles de la gente. Porque si no eres capaz de sentirte a gusto cerca de quienes piensan como tú, menos aún lo estarás con quienes no compartan tu forma de ver la vida
- Sí, eso es cierto; pero lo que estamos hablando de compartir es ¡el estar desnudos!. ¡Eso es algo muy íntimo!.
- Más íntimo es el compartir ideas, sentimientos,... Un cuerpo desnudo se puede ver desde muchos puntos de vista. Todo depende del contexto y de los "ojos" del que lo mira. Lógicamente no te vas a poner a caminar desnuda por la Gran Vía. No porque hagas algo malo, sino porque hay muchas personas que podrían sentirse ofendidas y, la verdad, tampoco viene a cuento molestar por molestar. Si uno quiere que le respeten, debe empezar por respetar a los demás. Otra cosa es ponerte a tomar el sol desnuda en una playa.
- ¡Ya!, pero hay playas que no son nudistas y la gente también se podría molestar.
- Ahí es donde entra el respeto y el sentido común.- Rocío sabía que este punto era el más debatido incluso entre los propios nudistas - En Alemania la gente se pone desnuda en medio de las ciudades, en los parques, a tomar el sol. Y nadie dice nada. Pero aquí... En el fondo es un problema de educación. Hay que pensar que en este tema, como en el de la ecología y el medio ambiente, vamos con un poco de retraso respecto a otros países, pero... ¡hay que ir avanzando poco a poco!. Consiguiendo pequeñas conquistas cada día (bueno, ¡je!, ¡je!, lo de cada día es un decir, pero tú ya me entiendes).
- Sí, en el fondo es una conquista que ha de ir haciéndose como las de eliminar discriminaciones por razón de raza, de orientación sexual, y todo esto, ¿no?.
- ¡Claro!, en realidad es lo mismo. Es el avanzar juntos en el respeto de la libertad de los demás a ser diferentes y pensar distinto que nosotros.
- ¡Je!, ¡je!, me has convencido. ¿Cuándo me invitas a tu tierra para aportar mi granito de arena por los derechos humanos?, ¡je!, ¡je!.
- ¡Vaya morro que tienes!. No, ¡que va!, es broma. Precisamente este puente había quedado con unos amigos para ir a una urbanización naturista que hay cerca de Málaga.
- ¿Qué?. ¡Estás loca!. ¡Una urbanización!. Y... ¡con más gente!.
- No querías "contribuir". Pués "toma contribución", ¡je!, ¡je!.
A Silvia nunca le habían asustado los retos. Todo lo contrario: le motivaban. Era una exploradora. Y le encantaba ponerse a prueba a sí misma. Sus padres eran de un pequeño pueblo de montaña. Y, ella era la única de sus amigas de la infancia que había estudiado una carrera. (Y, no la más sencilla, era ingeniera de telecomunicaciones). Su familia estaba orgullosa de ella. Y, no sólo por sus estudios. Era una persona que siempre intentaba ayudar a los demás. Hacer más fácil la vida a aquellos que tenía al lado. Pensaba que la felicidad se trabajaba día a día. Y que, para "recogerla", había que "sembrarla"... en los otros. Era menuda pero muy bien proporcionada. Pelo muy corto. Sus cabellos negros resaltaban los finos rasgos de su rostro sin endurecerlos. Y unos brillantes ojos verde esmeralda acababan de conferirle un irresistible y ambiguo atractivo.
Rocío era muy diferente. También era morena, pero no sólo en su cabello. Su piel atesoraba todo el oscuro misterio de lo prohibido.
Mirarla y desear acariciarla era todo uno. Poseía la magia de los alazanes bajo la luna llena. No era mucho más alta que Silvia, pero sus formas eran más rotundas. Pelo largo y ojos caoba completaban su turbador aspecto.
El fin de semana del puente fue maravilloso. No recordaba haberlo pasado tan bien desde hacía mucho tiempo. Irene, Víctor y Álvaro, los amigos de Rocío, eran encantadores. Habían quedado en Málaga, ciudad que le sorprendió. La amabilidad de sus gentes. Su sencillez. Nada parecido a lo que había imaginado con respecto a las ciudades del sur. Comieron muy bien. Aprovecharon para visitar el Museo Picasso y, ya por la tarde, se dirigieron a la cercana población donde se hallaba la urbanización naturista. ¡Qué maravilla!. Pasados los primeros quince minutos de "corte" de rigor... ¡era el paraíso!.
Piscina, playa, sauna, jacuzzi, masajes... Todo un escenario preparado para la relajación y la camaradería. Sí, porque Silvia descubrió que, una vez que las personas se muestran unas a otras sin ropa, es como si se quitaran parte de su armadura. Ese punto de vulnerabilidad que se adquiere te hace ser más receptivo con respecto a los demás. Parece como si la ropa ejerciese de trinchera tras la cual parapetásemos parte de nuestra sensibilidad. O, al menos, eso es lo que ella percibió. Se sentía mucho más cercana a los demás.
Víctor era vasco, de Hondarribia, pero llevaba diez años viviendo en Sanlúcar de Barrameda. Era pequeño, moreno y musculoso. Se había iniciado en el nudismo hace ya varios años, gracias a un grupo de amigos que lo practicaban frecuentemente. El era vegetariano y ecologista. Intentaba llevar una vida que le acercase lo más posible a la naturaleza. A la esencia del ser humano. Y, cuando surgió la posibilidad de acudir a una playa nudista, no se lo pensó dos veces.
Ni el ir, ni el quitarse el bañador. En realidad todo formaba parte de lo mismo. De su forma de ver la vida.
Álvaro era sanluqueño. Para él, el nudismo nunca había tenido la menor importancia. No había supuesto ninguna decisión consciente el hecho de practicarlo: lo había hecho siempre. Desde que era pequeño siempre se había bañado desnudo con sus amigos en el río. Cuando hacía calor y acababan de ayudar a sus familias en las faenas del campo, toda la pandilla se reunía y se daban un chapuzón. Los complejos los perdió muy pronto. Él era rubio y de piel muy clara. Y, todos sus amigos, eran de un moreno insultántemente puro. Siempre se metían con él (¡quillo!, ¡pareces una niña de tan blanquito que eres!). Eso forjó su carácter. Le hizo ser fuerte. Aprendió a ser diferente y "llevarlo" con orgullo. Por eso no le ocasionó ningún trauma el hecho de decirle a su familia que era gay. Ni tampoco el enamorarse de Víctor. Ni el irse a vivir con él.
Víctor y Álvaro acostumbraban a veranear en Cataluña. Les gustaba mucho esa parte de España. A veces iban a la Costa Dorada y, otras, a Gerona. Toda esa zona siempre ha sido pionera en el tema del naturismo. Frecuentaban algunos campings. Y, sobre todo, les encantaba ir a las calitas poco frecuentadas por el turismo de masas.
A las playas semidesérticas. A ambos les encantaban los parajes naturales con un encanto especial. Adoraban el delta del Ebro. Sus humedales. Sus arrozales. Recorrer la desembocadura del río...
Pasaban horas observando las aves. Y, cuando tenían la suerte de presenciar la llegada de alguna bandada de flamencos rosas, sus ojos se humedecían de la emoción. Era un espectáculo único. La laguna se teñía de rosa y blanco en un indescriptible amalgama de tonos pastel que haría palidecer de envidia al mejor Monet. Por desgracia cada vez era más infrecuente dicho espectáculo. Actitudes especulativas estaban mermando, a pasos agigantados, la antaño inabarcable riqueza de aquel idílico entorno. Los practicantes del nudismo tampoco eran inmunes a dicho "avance turístico". La antaño playa virgen del Trabucador era un fiel reflejo de ello. Una de las dos únicas "lenguas de tierra", de sus características, de todo el planeta. Un ecosistema inimaginable para todo aquel que no lo haya visitado. El mar abierto a un lado. La ensenada al otro. Aguas salvajes. Aguas dóciles. Coquinas. Cangrejos. Salinas en el extremo.
Impresionistas puestas de sol en la laguna. Y, al regreso, el Poble Nou. Parada gastronómica inexcusable. Los naturistas también saben comer bien. Pero, cada vez acuden menos. Cada vez son peor aceptados por los habitantes de la zona. Cada vez acuden más "textiles" a la playa. Cada vez son más intolerantes con los tolerantes. Cada vez...
Irene era de Málaga. Pero, a ella le gustaba decir que era ciudadana del mundo. Le encantaba viajar. Era una mujer con un atractivo especial. Su larga melena rubia y sus profundos ojos azules le hacían imposible pasar inadvertida. Su cuerpo fibroso, su piel bronceada y sus movimientos felinos, hacían presagiar a una persona a la que le gustaba cuidar su cuerpo. Y... su mente. Siempre estaba abierta a nuevas ideas. A ampliar sus conocimientos. A conocer a gente interesante que le pudiese aportar novedosos puntos de vista. Nuevas culturas. Otros países. Otras formas de ver el mundo. No había tomado el sol desnuda hasta el verano pasado. Fué en México. En una idílica playa agazapada a la sombra de Tulúm ( "fortaleza" en maya). La única ciudad de sus características construida a la orilla del mar. Una playa salvaje, soberbia y azotada por los vientos. Salpicada por diminutas cabañas que exudaban amor en su más primitivo estado. El tiempo se detenía. La civilización también. O, al menos, eso pensó en aquellos imborrables instantes en los que su alma se fundió con el universo. En los que sus atávicos instintos pugnaban por salir de su habitual letargo. Porque, meses después de su regreso, descubrió que el "progreso" no se detiene. Que el monstruo de los paraísos prefabricados estaba empezando a extender sus gelatinosos tentáculos sobre aquella idílica y remota parte del mundo. Estaban creando un nuevo "paradisiaco" destino de "luna de miel" con la que hacer palidecer de envidia a las amigas en la peluquería del barrio. Había surgido "La Riviera Maya".
Silvia, Rocío, Víctor, Álvaro e Irene se hicieron inseparables. A pesar de vivir en ciudades diferentes se sentían muy cercanos los unos de los otros. Intentaban mantener el contacto de todas las formas posibles. Y, por supuesto, siempre que tenían dos o tres días libres hacían lo indecible para compartirlos. Y, para compartir su afición al naturismo. La cual, como no podía ser de otro modo, iban proclamando siempre que la ocasión lo permitía. Intentando extender los valores del naturismo a todas las personas que sentían cercanas a ellos y a su natural forma de ver la vida y las relaciones entre los seres humanos y su entorno.
Silvia no lo dudó. Cuando le surgió la oportunidad de incorporarse a la delegación que su empresa acababa de inaugurar en Sevilla, aceptó de inmediato. Le parecía un sueño del que, cinco años después, todavía no ha despertado. Han pasado muchas cosas desde entonces.
Ascendió a directora regional. Se enamoró. Tuvo un hijo. Pero aquel verano del 2.000 nunca lo olvidó. Aquellas personas. Aquellos lugares. Y, sobre todo, aquel despertar a una nueva manera entender la vida. De sentir la realidad. De vivir. En definitiva, de ser naturista.

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