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INVIERNO 2003
10. El naturista       escéptico
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EL NATURISTA ESCÉPTICO. HOMEOPATÍA: MEDICINA SIN MEDICINA  
 
    Hace más de 200 años el alemán Samuel Hahnemann experimentó sobre sí mismo con la Quinina tratando de averiguar por qué aliviaba los síntomas de la Malaria. La Quinina le produjo frío y fiebre, síntomas de la mala-ria. A partir de solo eso se le ocurrió establecer un principio general: “similia similibus curantur”, lo similar cura lo similar.

    Actuaba así además en contra de la de la visión dominante de los médicos de su época, que buscaban suprimir los síntomas. Ambos conceptos simplis-tas se corresponden con una época en la que apenas se sabía nada de la fisiología humana.

    Hahnemann dedicó el resto de su vida a probar todo tipo de sustancias naturales para aplicarlas, una vez comprobados sus efectos, a la cura de enfermedades con similares efectos.

    En la actualidad la homeopatía se sigue basando en la lista que elaboró Hahnemann y en las indicaciones de uso que él prescribía.

    Preocupado por los efectos tóxicos y secundarios de sus preparados, probó a diluirlos, con lo que comprobó, obviamente, que estos efectos secundarios disminuían hasta desaparecer según iba aumentando la dilución. De ello no dedujo que los efectos positivos no radicaban en la sustancia, sino que infirió la segunda ley de la homeopatía o “ley de los infinitesimales”, cuanto más aumentaba la dilución, mayor poder curativo alcanzaba.

    Las medicinas homeopáticas vienen con una indicación de su nivel de dilución. 40X significa dilución 1:10, agitación, dilución 1:10, agitación,… y así hasta 40 veces. Otro ejemplo: 200C (para el oscillococcinum, indicado para la gripe), que significa 1:100 repetido 200 veces, lo cual significa que podríamos encontrar una molécula de la sustancia entre un 1 seguido de 400 ceros de moléculas de agua (el universo entero tiene sólo un 1 seguido de 80 ceros de partículas elementales). Claro que Hahnemann no conocía aún el número de Avogadro.

    Está claro por tanto, al menos hoy en día, que los efectos positivos de su medicina se debían exclusivamente al efecto placebo, pues no hay medicina en sus medicinas.
    Cumplía la misión de tranquilizar a sus pacientes mientras la naturaleza seguía su curso autoreparativo, y al menos no era dañina como otros remedios de su tiempo (sangrías, mercurio, etc.).
    Pero los homeópatas actuales sí que saben perfectamente que en sus preparados no hay ni una sola molécula de la sustancia que ponen en su etiqueta. Sólo son agua y alcohol, por lo que recurren a una tercera ley, “la ley del recuerdo”. El agua recuerda que alguna vez estuvieron ahí esas moléculas.
    Curiosamente, una de las pruebas que suele utilizar la ciencia para comprobar la veracidad de un resultado es proceder a dilución infinita: si el efecto no desaparece a concentración nula queda probado que el efecto no tiene nada que ver con la sustancia que se prueba.

    Así pues las píldoras que se venden ¡¡¡en nuestras farmacias!!! sólo son lactosa o sacarosa con una gota de disolución de nada. Parece ser, además, que la memoria del agua se transfiere a la pastilla a pesar de que se evapore enseguida. Todas las píldoras son iguales, así que no hay que preocuparse, no harán daño a nadie.

    ¿El último avance de la homeopatía? Benveniste capta las ondas electromagnéticas con una bobina que rodea al recipiente, las almacena en el ordenador y pueden bajarse por Internet para activar agua.

    Entonces la pregunta es ¿porqué las autoridades sanitarias no proceden legalmente contra este gigantesco fraude? Si uno quiere vender un nuevo medicamento en una farmacia deberá pasar duras pruebas y esperar años. Pero si dice que es un medicamento homeopático no pasará ningún control. Comprobar si un medicamento homeopático contiene la sustancia que dice en la etiqueta es como comprobar si el agua bendita ha sido bendecida o no.

Dr. Binkhus

 

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