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Hace más de 200 años el alemán
Samuel Hahnemann experimentó sobre
sí mismo con la Quinina tratando
de averiguar por qué aliviaba los
síntomas de la Malaria. La Quinina
le produjo frío y fiebre, síntomas
de la mala-ria. A partir de solo eso se
le ocurrió establecer un principio
general: “similia similibus curantur”,
lo similar cura lo similar. |
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Actuaba
así además en contra de la
de la visión dominante de los médicos
de su época, que buscaban suprimir
los síntomas. Ambos conceptos simplis-tas
se corresponden con una época en
la que apenas se sabía nada de la
fisiología humana.
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Hahnemann
dedicó el resto de su vida a probar
todo tipo de sustancias naturales para aplicarlas,
una vez comprobados sus efectos, a la cura
de enfermedades con similares efectos.
En la actualidad la
homeopatía se sigue basando en la
lista que elaboró Hahnemann y en
las indicaciones de uso que él prescribía.
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Preocupado
por los efectos tóxicos y secundarios de
sus preparados, probó a diluirlos, con
lo que comprobó, obviamente, que estos
efectos secundarios disminuían hasta desaparecer
según iba aumentando la dilución.
De ello no dedujo que los efectos positivos no
radicaban en la sustancia, sino que infirió
la segunda ley de la homeopatía o “ley
de los infinitesimales”, cuanto más
aumentaba la dilución, mayor poder curativo
alcanzaba.
Las medicinas
homeopáticas vienen con una indicación
de su nivel de dilución. 40X significa
dilución 1:10, agitación, dilución
1:10, agitación,… y así hasta
40 veces. Otro ejemplo: 200C (para el oscillococcinum,
indicado para la gripe), que significa 1:100 repetido
200 veces, lo cual significa que podríamos
encontrar una molécula de la sustancia
entre un 1 seguido de 400 ceros de moléculas
de agua (el universo entero tiene sólo
un 1 seguido de 80 ceros de partículas
elementales). Claro que Hahnemann no conocía
aún el número de Avogadro.
Está
claro por tanto, al menos hoy en día, que
los efectos positivos de su medicina se debían
exclusivamente al efecto placebo, pues no hay
medicina en sus medicinas.
Cumplía la misión
de tranquilizar a sus pacientes mientras la naturaleza
seguía su curso autoreparativo, y al menos
no era dañina como otros remedios de su
tiempo (sangrías, mercurio, etc.).
Pero los homeópatas
actuales sí que saben perfectamente que
en sus preparados no hay ni una sola molécula
de la sustancia que ponen en su etiqueta. Sólo
son agua y alcohol, por lo que recurren a una
tercera ley, “la ley del recuerdo”.
El agua recuerda que alguna vez estuvieron ahí
esas moléculas.
Curiosamente, una de las pruebas
que suele utilizar la ciencia para comprobar la
veracidad de un resultado es proceder a dilución
infinita: si el efecto no desaparece a concentración
nula queda probado que el efecto no tiene nada
que ver con la sustancia que se prueba.
Así
pues las píldoras que se venden ¡¡¡en
nuestras farmacias!!! sólo son lactosa
o sacarosa con una gota de disolución de
nada. Parece ser, además, que la memoria
del agua se transfiere a la pastilla a pesar de
que se evapore enseguida. Todas las píldoras
son iguales, así que no hay que preocuparse,
no harán daño a nadie.
¿El
último avance de la homeopatía?
Benveniste capta las ondas electromagnéticas
con una bobina que rodea al recipiente, las almacena
en el ordenador y pueden bajarse por Internet
para activar agua.
Entonces la
pregunta es ¿porqué las autoridades
sanitarias no proceden legalmente contra este
gigantesco fraude? Si uno quiere vender un nuevo
medicamento en una farmacia deberá pasar
duras pruebas y esperar años. Pero si dice
que es un medicamento homeopático no pasará
ningún control. Comprobar si un medicamento
homeopático contiene la sustancia que dice
en la etiqueta es como comprobar si el agua bendita
ha sido bendecida o no.
Dr. Binkhus
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